Ene 27 2008
Mi hernia en el Banco de España
Yo tengo una hernia de disco, podría tener dinero, pero a cada uno le toca lo suyo. Está en la parte lumbar de la espalda y, según las resonancias, es pequeñita, pero cuando da guerra os aseguro que me parece la más grande de todas. Lleva conmigo muchos años y en cierto modo, la tengo hasta cariño. Coño, para algo que tengo que es sólo mío.
El caso es que hace unos cuatro años tuve una de esas crisis originadas por la puta hernia, una crisis que me tuvo jodido cerca de seis meses tomando hasta siete pastillas diarias para calmar los dolores. No recuerdo ahora quien me habló de un tratamiento “revolucionario”, que consistía en poner varias grapas, sí, he dicho bien… varias grapas quirúrgicas en la piel, alrededor de la zona afectada y algún sitio más (orejas, tobillo….). Sinceramente, y esto es totalmente cierto, cuando fui a someterme a la intervención, iba con la idea que te ponían tan sólo un par de grapas en la espalda… ¡salí con 65!, una detrás de otra. Para colmo, fui yo solito con mi coche (al que pusieron 120€ de multa por aparcar en un ceda) y tuve que volver conduciendo por todo Madrid, sin poder apoyar la espalda, pasando un pequeño infierno, y encima… a la oficina a currar.
Pero sigo sin contar la historia… Las grapas estuvieron conmigo durante tres meses. También las cogí cariño. En este tiempo nos surgió en mi empresa una visita al Banco de España para ofrecerles nuestros servicios de outsourcing. Era una macro reunión en la que no faltaría ni El Tato. Íbamos a ser cerca de 15 personas, entre las que se encontraban directivos de ambas partes. Allá que fuimos, y claro, es el Banco de España, hay que pasar controles de seguridad y cómo no, nada más llegar, una gran puerta de detección de metales. A mí me cambió la cara, pero había que entrar, ya nos estaban esperando. Paso por el arco ¡Piiiiiii!, me quito el móvil, las llaves ¡Piiiiiiii! me quito el reloj ¡Piiiiiiii!, me quito el cinturón ¡Piiiiiiii!, un par de compañeros que conocían toda la movida, descojonándose, y la máquina infernal venga a soltar ¡Piiiiiiii! ¡Piiiiiiii! ¡Piiiiiiii!
Antes de sufrir el síndrome de Enrique Iglesias, no tuve más remedio que enseñarle al guardia de seguridad mis queridas y cuantiosas grapas para que me dejaran pasar.
Nada más entrar en la gran sala de reuniones, un directivo del Banco preguntó en voz alta: ¿Quién es el de las grapas?
Tierra, trágame…


